jueves, 27 de diciembre de 2012

LA MEMORIA, por Fernando Calvi

A ver cómo funciona la memoria.
Hace muchos años, unos veinte, llegué a Buenos Aires con la decisión de volverme un historietista profesional. Eso significaba, para no complicarnos con demasiados matices, ver mis historietas publicadas en papel y cobrar lo suficiente para subsistir.
No quiero aburrir con anécdotas y peripecias que quizás sólo tienen peso y sentido para mí, pero al tiempo de llegar (y tras algunos traspiés) me encontré en la oficina de Carlos Trillo. En esa época yo no estaba dibujando (producto de la desagradable experiencia en un estudio de dibujos animados) pero seguía amando la historieta y estaba interesado en convertirme en guionista profesional.
Le llevé unos guiones a Trillo, le gustaron, me pidió unos guiones de prueba para Cybersix, los hice, le gustaron. Y me encontré con mi primer encargo en historieta. Un guión de 96 páginas de Cybersix, podía hacer lo que quisiera, siempre y cuando respetara cierto tono de la serie y arrancara en el lugar por el que andaban los personajes.
Lo hice, y así empezó mi relación profesional con Carlos. Que pronto se llenó de matices, Carlos me daba consejos, me pedía más laburo, me invitaba a comer, me hacía chistes por mis cortes de pelo, me peleaba, me festejaba ideas, me rebotaba ideas, me prestaba guita, me retaba si laburaba gratis, se enojaba si laburaba con alguien que le caía mal, y así pasaron unos años.
Y yo escribía mucho, muchísimo, sin casi poder ponerme a pensar. Me contaba en qué andaban los personajes, le contaba qué quería hacer yo, en general me decía: “Y bueno, dale…” y yo seguía escribiendo.
Creo que en el camino nos hicimos amigos, o algo así. Las relaciones humanas son muy extrañas, mutantes, inmanejables. Pero nos vimos mucho, hablamos mucho, me contó mil anécdotas, me mostró la cocina, me enseñó un montón de cosas, discutimos un montón.
La experiencia de escribir con personajes de otro es muy particular. Todos los que escribieron novelas de Doc Savage o The Shadow o Tarzán, o dibujaron y escribieron las aventuras de Batman hasta los 60 lo saben. Pero se aprende, de eso no hay duda, no sólo se aprende del oficio, se aprende de la vida. Uno sale de ahí más musculoso, con alguna cicatriz y varias anclas tatuadas. No, las anclas las guardamos para otro tipo de relaciones.
Cuando Carlos dejó de producir toneladas de historietas para los italianos y se concentró en hacer libros más cortos y cuidados para los franceses fue hora de partir para mí. Recuerdo la frase de ese último almuerzo.
Me dijo: “Calvin, no le sigas echando tuco al raviol de tu pasado”.
Sí, me decía Calvin, por el personaje de Calvin & Hobbes. Bueno, eso, partí en busca de nuevos hosrizontes. Volví a dibujar. Inventé algunos personajes, y uno de esos, Bruno Helmet, tuvo su corta, accidentada, intoxicante, andadura en los ´90.
Cada tanto hablaba con Carlos. Me decía que largue el dibujo, que yo no era un dibujante, que me dedicara a escribir, esas cosas. Un poco para llevarle la contra, un poco para darme el gusto, le pedí un guión para una historieta de Bruno.
Y lo escribió. Tardó. Un montón. Un día me llamó, lo tenía, pero tenía que ir a buscarlo a Vicente López. Charlamos, tomamos Coca Cola light. Me dio el guión, lo leí ahí, y fue de lo más raro que me ha pasado (y me han pasado cosas raras). Era Bruno, claro, pero no el mío. Era otro personaje. El guión hablaba de otras cosas. Era, además, un guión claramente de Carlos. Su tono, su humor, sus frases.
Me lo llevé a casa. Aturdido. Contento. Extrañado.
Cambié totalmente el estilo para dibujarlo. Tardé. Lo iba a editar Accorsi, que estaba impaciente. (Ya había hecho una de Bruno Helmet dibujada a cuatro manos con Quique Alcatena y había en proceso un guión a medias con Carlos Albiac, que nunca llegamos a terminar.)
Dibujar un guión de otro es raro, porque por mucho que uno cambie lo que el guión indica en cuanto a imágenes, montaje, diseño, tiempos, personajes, etc, hay algo que no se toca (para mí al menos) y son los textos, lo dicho, las palabras.
Terminé la historieta, se la llevé, la miró. Los originales, los iba pasando. Algunas cosas le gustaban, otras no. A mí medio lo mismo, pero no las mismas cosas.
Después charlamos de cualquier otra cosa. Del fin del mundo, del cambio de siglo, de Frank Miller, los editores franceses.
Cuando me iba me dijo: “Le faltó un poco de texto, tendría que haber escrito más. El final quedó como alargado”.
Cuando me enteré del fallecimiento de Carlos fue tan raro... Pensé en un montón de cosas, me acordé de un montón de cosas, pero no de esta historieta.
Hace poco hice una nueva historieta de Bruno, pero no revisé el viejo material. La hice “de memoria”.
Y así, de memoria escribo esto ahora. Y me doy cuenta, me hago cargo que no tiene mucha forma, que la parábola dramática no termina de cerrar, que falta la anécdota jugosa o el momento emotivo.
Pero así funciona la memoria.

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