miércoles, 19 de diciembre de 2012

EL ULTIMO RECREO, por Eduardo García Sánchez

Primera parte de un extenso artículo publicado originalmente en el n° 11 de la revista U, el hijo de Urich (1998).

Existen tebeos, libros, películas, pinturas, esculturas, edificios, paisajes, músicas, situaciones y personas cuya lectura, contemplación, escucha, vivencia o conocimiento quedan grabados indeleblemente en nuestra memoria; que se integran a nuestra persona; que revisitamos contínuamente, aunque sólo sea con nuestra imaginación; que, en definitiva, pasan a formar parte de aquello denominado, en forma un tanto cursi y a falta de una definición mejor, “educación sentimental”. En mi caso El Ultimo Recreo es una obra que se inserta en estas coordenadas. La primera vez que leí esa historieta era un púber que trataba de librarse, a costa de no poco sufrimiento, del lastre de una educación católica férrea. Por ello no es extraño que en su última página identificara a dos personas de mi edad que, tras muchas penalidades, superaban el complejo de culpa programado en sus cerebros y disfrutaban de la fruta prohibida sin ser expulsados del Paraíso. Como prueba de la marca que dejó en mí y aún corriendo el risego de ser calificado como pederasta, basta saber que el físico de mi ideal femenino se aproxima al de las adolescentes que Altuna mueve en sus páginas. Curioso. Nunca he sido amigo de redactar textos que comiencen con notas autobiográficas, pero acabo de darme cuenta de que en ocasiones resulta inevitable.
Puede que mi siguiente apreciacion no pase de ser una mala interpretación fruto del pesimismo, pero creo que para algunas de las personas que lean estas líneas, a buen seguro aquellas más jóvenes, Carlos Trillo no pasará de ser el guionista de Cybersix y Horacio Altuna ese dibujante de las historietas cachondas de Playboy. Eso sin contar que, no me cabe duda, habrá quien siquiera tengaconocimiento de la existencia de estos autores. Sirvan estas líneas como presentación de los mismos.
Trillo y Altuna pertenecen a la generación de historietistas argentinos que comenzaron su andadura profesional entre mediados de la década de los ´60 y principios de la de los ´70 a la sombra de Alberto Breccia, Héctor G. Oesterheld y Hugo Pratt y, por ello, sensibilizados respecto a las posibilidades que ofrece ese medio de expresión llamado historieta. La misma generación a la cual tanto la ausencia de mercado interno como una censura que se hacía más opresiva a medida que se sucedían los años de “proceso” militar obligaron a publicar su obra, cuando no a exiliarse –como es el caso de Altuna y tantos otros- en el extranjero. Carlos Trillo fue un periodista que se acercó a la historieta como teórico para acabar convertido en guionista con producción regular desde 1975. Su obra, vasta y diversificada, abarca géneros aparentemente tan alejados como el realismo costumbrista, la trama histórica, la ciencia ficción y el policial. Horacio Altuna, por su parte, es un autodidacta que debutó en la profesión en 1965. Hasta 1982, año en que fija su residencia en España, compaginó su trabajo frente al tablero con la secretaría de la Asociación de Dibujantes Argentinos y la docencia del dibujo en la Escuela de Bellas Artes de Buenos Aires. Su talento gráfico y sus innovaciones en la planificación de la página le hicieron merecer el premio Yellow Kid al mejor dibujante otorgado en el Salón de Lucca de 1986. Ambos empezaron a colaborar en 1975, cuando crearon para el diario Clarín una tira, El Loco Chávez, que fue publicada durante doce años ininterrumpidos (y de la cual se vio una recopilación por estos pagos a cargo de Norma Editorial, concretamente el número 13 de su colección B/N y en algún número de la revista Cimoc). A ella le siguieron Las Puertitas del Señor López, Charlie Moon y Merdichesky, series cuya calidad y éxito les abrieron las puertas del mercado europeo y que fueron publicadas en España por el malogrado Toutain, quien contrató a Altuna para Selecciones Ilustradas.
Cuando El Ultimo Recreo vio la luz entre 1982 y 1983 en las páginas de la revista 1984 los tebeos de ciencia ficción se encontraban marcados, como tantas otras cosas, por la Guerra Fría. Más concretamente por el temor a una escalada bélica de proporción planetaria que arrasara con la vida tal como se la conocía hasta entonces. Y esta serie de Trillo y Altuna no se substrajo a esa tendencia. En ella se nos presenta un mundo postapocalíptico que, por una vez, no es herencia del empleo de los arsenales nucleares, sino de la acción de un ingenio muy sofisticado de destrucción selectiva bautizado como “Bomba Sexual”. El estallido de esta arma bacteriológica, ideada para aniquilar a todo ser humano que hubiera alcanzado –o alcance mientras duren sus efectos en el ambiente- la madurez reproductiva, dejó como únicos supervivientes a niños y adultos esterilizados. Carlos Trillo supo aportar a este punto de partida cataclísmico, repetido hasta la saciedad en la historieta, el cine y la literatura de la época, un enfoque relativamente novedoso que le permitió exponer sus inquietudes sociales, ofrecer una radiografía de la condición humana y ofrecernos unos guiones sólidos y desencantados.

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