jueves, 20 de diciembre de 2012

EL ULTIMO RECREO, por Eduardo García Sánchez

Segunda parte de un extenso artículo publicado originalmente en el n° 11 de la revista U, el hijo de Urich (1998).

El álbum se estructura en doce historietas autoconclusivas en apariencia. Cada una de ellas desarrolla una anécdota desesperanzada que muestra la difícil adaptación de unos niños perdidos en un mundo para pero sin adultos, dominado por el caos de la lucha por la supervivencia; la progresiva pérdida de inocencia de unas criaturas inmaduras abocadas a reproducir los defectos de la socidedad en cuyo seno nacieron. En sus páginas se dan cita la desorientación, el sentimiento de vulnerabilidad, la cobardía, la vanidad, la desconfianza, los celos, el desprecio, el egoísmo, la avaricia, la insolidaridad, la pérdida de horizontes y modelos de comportamiento, el abuso de fuerza, la coacción al indefenso, el apego a lo superfluo... El catálogo de sentimientos que, en definitiva, originaron la situación en que se ven inmersos. El conjunto de este anecdotario constituye un todo coherente en cuyo seno avanza una narración recorrida por el temor a crecer que caracteriza a todo relato que describa la aprehensión de la realidad conocida como mundo adulto y que en La Ciudad Muerta adquiere sus tintes más dramáticos. La adolescencia, espada de Damocles que pende sobre los personajes de El Ultimo Recreo, se erige en metáfora del temor a abandonar la comodidad de la niñez que –quien más, quien menos- todos hemos sentido; de la desorientación a la cual nos somete el encuentro con nuestra sexualidad, sobre todo si habitamos una sociedad en cuya educación el concepto de pecado carnal tiene un peso específico considerable.
Todos los grupos humanos han tenido y tienen (en el caso del Cristianismo, el conjunto de creencias que más de cerca nos toca, son la Primera Comunión y la Confirmación) ritos de paso que marcan el comienzo de la madurez. Caracterizados por simbolizar más o menos explícitamente la muerte y resurrección del individuo, en ellos el niño da paso al adulto, al ser completo y preparado para conocer y afrontar los secretos de la vida. A los personajes de la serie que nos ocupa se les escamotea el auxilio de estos mecanismos culturales que suavizan el tránsito. Para ellos –como ocurre entre la infancia más necesitada de nuestra realidad- es traumático, obligado por las circunstancias. Y en el caso del despertar sexual, de consecuencias fatales.
La docena de historias que componen la obra que nos ocupa pueden dividirse en dos bloques. El primero de ellos presenta la situación de una ciudad, de cualquier ciudad, tras el holocausto. Los ambientes urbanos opresivos, claustrofóbicos, sembrados de cadáveres que pocas veces se muestran al ojo del lector pero cuya presencia se intuye, muestran un deterioro y un abandono que aumentan al ritmo de la mengua de alimentos y esperanza. A los juegos sin cortapisas de padres, maestros o autoridades les sucede la rapiña. A renglón seguido ésta es sustituida por conatos de organización improductivos, guiados no por la ley de la razón sino por la de la coacción. De forma paralela se presentan los rostros que poco a poco cobran el protagonismo de la serie, un puñado de críos unidos por la necesidad y la marginación por parte del resto.
Cartas de las Mayores, constituye un punto de inflexión en esta parte urbana y es, junto a Cosas que Quedan en el Camino, una de las historietas que mejor evidencia lo que de viaje iniciático tiene la serie. En la primera Rana y Fino, junto a una muchacha sin nombre, terminan de abrir sus ojos a las sombras del estado adulto a la vez que comprenden que su única posibilidad pasa por salir de una ciudad que ya no puede satisfacer sus necesidades primarias. En la segunda los miembros del grupo que se forma en torno a ambos chicos, conforme dejan atrás el asfalto, deben afrontar la renuncia a aquello por lo que sienten más apego, a objetos alrededor de los cuales habían girado sus vidas hasta entonces pero que obstaculizan su supervivencia. El hecho de que se trate de juguetes enfatiza el simbolismo de su marcha: el abandono de la urbe es el comienzo del fin de su infancia.
El segundo bloque se adentra en espacios abiertos, en un mundo rural que no deja de ser claustrofóbico. Quienes huyen de la ciudad han de encontrar un lugar donde establecerse y, para ello, salvar las mismas dificultades de las que pretendían evadirse. En el campo continúa la lucha por la supervivencia más ardua día a día, atenazada por la inseguridad de que los efectos de la “Bomba Sexual” hayan prescrito. El desarrollo hormonal sigue su curso y todo esfuerzo puede ser vano. Las pequeñas comunidades agrarias se consolidan, los cielos se despejan tímidamente y dejan paso libre a tenues rayos de optimismo. La comprensión mutua abre un resquicio a la esperanza simbolizada en la cópula interracial de la última página, en el deseo de poder crecer en paz formulado por Rana. Sin embargo, el temor expresado en sus ojos aleja del ridículo a este final apologético del beatum life, del imposible retorno a la naturaleza. Por ellos sabemos que se ha completado el viaje de iniciación de su poseedor. Por fin ha comprendido que el ser humano no puede sustraerse a su idiosincracia, a sus sombras y luces; que este aparente nuevo principio no es más que el prólogo a un eterno retorno. La mirada que Altuna tan bien sabe plasmar sobre el papel redime en parte una historia que argumentalmente podría haber soportado muy mal el paso del tiempo.

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