domingo, 27 de mayo de 2012

CARLOS TRILLO RESPONDE A LOS LECTORES DE FIERROBLOG

Cuarta parte de la “entrevista colectiva” realizada a Trillo en Diciembre de 2010 por los lectores de Fierro.

Juan Finn: ¿Cómo te documentas antes de realizar un guión? ¿Películas, libros, la vida misma…? ¿Los dibujantes modifican partes del guión (o bien les das alguna libertad interpretativa), o directamente tratan de respetar cada detalle? ¿Quiénes fueron los más colaboradores en ese sentido?

CT: La documentación, una vez que tenés atrapada la idea general, pasa por cosas aburridísimas como cómo se llamaba la avenida Leandro Nicéforo Alem antes de llamarse así. O si el tranvía subía o bajaba por la calle Suipacha en 1930. O cómo hizo Bartolomé Mitre no solo para casi tener que rendirse en una guerra (la del Paraguay) sino para perder un desfile. O cómo se hablaba cuando se fundó Buenos Aires por primera vez. Y una vez que uno sabe, por ejemplo, esto último, cómo hacer para que un lector de hoy pueda digerir ese lenguaje. Los dibujantes tienen que tener documentación o por lo menos hacer parecer que la tienen. Digamos: seguridad para la mentira hay que tener.

Juan Finn: ¿Qué planes hay para el futuro? ¿Te gustaría escribir la biografía (para ser dibujada o publicada como libro) de alguna personalidad (de la literatura, la cinematografía, la humanidad etc.) o algún personaje? En tal caso ¿De quién?
CT: Sobre los planes para el futuro te puedo decir que tengo unos cuantos. Algunos se producirán, otros no, pero planes nunca faltan.
No me interesan las biografías. Por ahí, poner un personaje de la vida real, conocido, en un relato inventado, eso sí me gusta. En Simón, una aventura americana aparece el general San Martín, el contexto del episodio que se cuenta está investigado, pero los demás personajes son todos inventados.

Juan Finn: ¿Tenés un referente fuera del ámbito de la historieta y la literatura?
CT: ¿Referentes? ¿Tipo Albert Schweitzer o Madame Curie? ¿Carlos Marx, Perón, ese tipo de gente? ¿Referentes para qué? ¿Para parecerme a ellos? ¿Para que guien mis lecturas? (En este ítem hay una: Mariana Enriquez, porque todo libro que recomienda en Radar me gusta mucho).

Juan Finn: ¿Quién es tu autor favorito? ¿Qué música te inspira o te hace sentir inspirado?
CT: No tengo autor favorito, creo que no se puede tenerlo, por ahí por un ratito, pero uno para siempre me parece exagerado. Los tipos van pasando a medida que los leés. Valle Inclán, el de los esperpentos, me dio vuelta el coco con una novela que se llama, me recoparon los autores del boom latinoamericano, sobre todo García Márquez. Felisberto Hernández e Italo Calvino son tipos a los que vuelvo siempre. Los brasileños Mario de Andrade, el de Macunaíma, y Guimaraes Rosa (el de Gran Sertón Veredas) son grandes de veras. Las primeras cosas de los ingleses Ian Mc Ewan y Martin Amis me parecieron formidables (Primer amor, últimos ritos, Jardín
de Cemento, Campos de Londres), pero después siguieron escribiendo y me fueron dejando de gustar. Me sorprendí a mi mismo leyendo de un tirón los tres libros de Stieg Larsson (de 700 páginas cada uno) y me gustaría entender por qué algunos escritores producen semejante adicción. Bajo mis anteojos – últimamente multifocales – pasaron Bradbury, Stendhal, Boris Vian, Raymond Queneau (sobre todo Zazie en el metro), Chandler y Hammett, Borges una y otra vez. Osvaldo Soriano, el Negro Fontanarrosa, Pablo de Santis. Últimamente estuve copadísimo con los autores de serie negra escandinavos, sobre todo con Arnaldur Indridason y Arto Paasilinna. Y hoy (5 de diciembre de 2010) ando por la mitad de una novela que me gusta mucho, El arte de llorar a coro, de Eling Jepsen. Y basta que ya parezco un catálogo de la Librería Santa Fe.

Oenlao: El escritor Belgrano Rawson en un reportaje decía que el escribía guiones para Columba, en sus comienzos, con seudónimo, y que vos también o que los escribían entre los dos. ¿Es cierto? y ¿con que seudónimo?
CT: Belgrano Rawson escribió bastante para Columba con el nombre de Eduardo Cilento. Yo firmé unas poquitas cosas como Carlos Cartago en la Misterix de Editorial Yago. Creo recordar que con Eduardo escribimos algo a medias en la época en que hacíamos el programa en Radio Municipal, pero supongo que no habrá pasado de ser un proyecto.
Ah, para los historiadores: en Misterix escribí una historia de la que se hicieron varios episodios, Wapiti, el cazador de castores, dibujada por Caramuta, uno de los argentinos que emigró a Italia y trabajó mucho para la Sergio Bonelli Editore.

Javier Suppa: Una vez en una charla vos dijiste que el guionista es como que tiene que ponerse un traje para cada dibujante, vos has trabajado con muchísimos en toda tu carrera y tu traje le queda bien a cualquier dibujante. Lo increíble es que a cada dibujante le sacás el jugo gráfico al máximo, es tu guión tan minucioso o les das libertad a todos de trabajar la viñeta o el diseño de página a su gusto, previamente charlado todo eso? o ¿sólo ves el resultado final al terminar el dibujante?
CT: Cuando se hacen dúos hay que tocar de acuerdo porque si no el conjunto desafina. El guionista arranca primero y tiene que tener en cuenta cómo dibuja su compañero de trabajo. Uno tiene que tener ideas que estimulen a su coequiper, que no lo achanchen, que lo obliguen a concentrarse, que saquen partido de su estilo, que lo hagar lucir bien. Miro mucho lo que va resultando del dúo, me interesan los dibujos – ya lo dije – porque son una fuente de nuevas y mejores ideas para la continuación de la historia.

Javier Suppa: Hay una frase que dice "lo difícil no es llegar si no mantenerse”. Vos te has mantenido en auge creo que desde que empezaste y por muchísimo años y hasta ahora inclusive y tus guiones siguen estando a la altura de las épocas y tanto en el mercado argentino como el europeo. ¿De dónde viene tu huracán narrativo para estar tan firme al paso del tiempo? ¿Crees que hubo épocas mejores que estas para la creación? o ¿sólo historias cotidianas ves que son las que siempre permanecen como protagonistas?
CT: Las épocas cambian, es cierto, y uno tiene que irse adecuando a metrajes distintos, a pasar de historias autoconclusivas de ocho páginas a historias que terminan en la página 64 sin cortes parciales para rematar episodios intermedios.
No hay épocas mejores ni peores, son distintas, por ahí, pero uno escribe lo que sabe escribir y lo que no le sale no lo escribe. Me sigo divirtiendo con estas cosas y no tomo ningún tónico para que me salgan las cosas mejor (si hay alguno avisen, ¿eh?).

LWG: ¿Realiza algún boceto ó esquema para diagramar las páginas que tenga que seguir el dibujante?
CT: No, nada de boceto. Hay que escribir y saber transmitir solo con lo que se escribe, me parece.

Mati: ¿Qué influencia tiene usted en la narración visual de la historia? Quiero decir, al ser el guionista, necesariamente influye, a lo que me refiero es si al escribir ya tiene algún (o algunos cuadros) en la cabeza que comunica al dibujante. Y viceversa ¿cuánto influye el dibujante con el que trabaja en la confección del guión final? ¿Qué será de aquello del sueño de Truffaut? (Me intriga DEMASIADO desde que lo escuché en la conferencia que dio aquí en Rosario.)
CT: Voy a la última parte, porque lo demás creo que ya lo contesté todo. En octubre de 1984 estaba en Roma por un trabajo. Además de algunos editores tengo amigos entrañables allí. Así que por las noches, en general me iba a cenar con alguno de ellos. Hay uno, Roberto dal Prá, que es guionista. Con Roberto hablamos siempre de la commedia all´ italiana y sobre Mario Monicelli, su director más importante (del que también hablé más arriba). Hay otro, un psiquiatra muy conocido que me proporciona bibliografía memorable. Y está Francesco Coniglio, entrañable editor de ensayos y de libros de música y también de algunas revistas y novelas gráficas, con el que siempre recordamos pormenores de las películas de Truffaut: Antoine Doinel diciendo su nombre ante el espejo de su dormitorio, Antoine Doinel detective intentando averiguar por qué todos odian al zapatero (el impresionante Michael Londsdale), el primer plano de dedo de Charles Aznavour a punto de tocar el timbre, la escena de amor casual de la script girl en La Noche Americana, la voz de Charles Trenet cantando mientras pasan los títulos de Besos Robados, aquel gesto de Fanny Ardant en La mujer de la puerta de al lado. Huevadas que disfrutamos cuando nos vemos, bah.
Aquel dia de octubre en que teníamos que cenar juntos se acababa de morir Truffaut y él me llamó al hotel para contármelo con voz temblona. Decidimos cenar juntos. “Así, si alguno de los dos llora, el otro va a saber por qué”, me dijo. Es un gordo emotivo, mi amigo. Y contagia. Creo que fue la cena más melancólica de mi vida. Hablamos de qué iba a ser de Jean Pierre Leaud, el actor de la serie de Antoine Doinel, ahora que no tenía más quién le hiciera vivir su vida año a año. De lo bella que debía verse Fanny Ardant llorando a su amor muerto. De peleas entre Truffaut y Godard, del libro que Truffaut había escrito sobre Hitchcock. Volví al hotel tarde, después de tomar muchos digestivos tipo Averna, o grappa Giulia, que en cantidad son fuertes y uno camina tambaleando. Dormí. Y soñé que me llamaba un amigo de París, un argentino de esos que siempre tienen un alambre para abrir la puerta de Cineccitá o que consiguen un pasaje en un avión lleno con mentiras escalofriantes a la empleada de la ventanilla de preembarque. Me decía, agitado, que había una película de Truffaut que nunca se iba a estrenar a causa de un litigio por los derechos entre los herederos. Había una copia en Roma y sólo se podría ver hoy u hoy. Le pregunto si podía ir con un amigo. Me dice que sí, me da una dirección en Roma, llamo a Francesco Coniglio, le digo que lo paso a buscar con un taxi, me está esperando en una esquina, llegamos a la via Michele de Lardo, en Piazza Bologna, bajamos una escalera, entramos a una sala a oscuras donde se divisan algunas caras conocidas ¿Fellini? ¿Qué hace acá?. ¿John Cassavettes? Está viejo, ¿no? ¡Uh! Y se vino con Gena Rowlands. ¿Che, esa no es Jeanne Moreau? Fichá a ese barbeta, ¿no es Spielberg? Así hasta que se apaga la luz. Y me vi, entera, nueva, inédita, una película de Truffaut que jamás había visto. Y era de Truffaut, se notaba en el estilo, en la manera deshilachada de contar como al descuido. El tema era la enfermedad. Y trabajaba Antoine Doinel.
Siempre tengo arriba del escritorio el texto que escribí con una birome azul cuando me desperté de madrugada empecinado en no olvidar el sueño. Una parte que en la película está contada por Doinel a su propia imagen en el espejo y no tiene actores ni escenas propias porque es solo un relato ya la usé en una historieta, esa que Fierro no quiso publicar y que dibujó Bobillo: Chocolate con papas fritas. Yo le puse imágenes y personajes, pero en mi película de Truffaut estaba, como les dije, contada, a la manera de aquel cuento que dice a cámara Harvey Keitel en esa película de Wayne Wang y Paul Auster, Cigarros. Keitel cuenta un cuento de Auster: La navidad de Auggie Wren. Pero yo lo soñé antes y el cuento era otro. Si Chocolate con Papas Fritas es una historieta que nos salió tan linda, ¿Te imaginás cómo va a salir la última película de Truffaut dibujada por …? (El martes, la quinta parte)

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