
jueves, 7 de junio de 2012
ELE, por Trillo, Maicas y Varela
Hoy ofrecemos un nuevo episodio de Ele, realizado para la revista Genios por Carlos Trillo, con la colaboración autoral de Eduardo Maicas y los dibujos de Lucas Varela. Presten atención al nombre que le pusieron al circo...


miércoles, 6 de junio de 2012
BASTA DE PRETEXTOS, POR FAVOR, por Carlos Trillo

En 1980, la revista El Tablero, editada por la Asociación de Dibujantes de Argentina, le pidió a Carlos Trillo que entrevistara a Horacio Altuna acerca del estado de la historieta por ese entonces.
Esta es la nota que entregó Trillo:
Horacio Altuna es mi más cercano compañero de trabajo desde hace cinco años. Desde julio de 1975, cuando apareció por primera vez El Loco Chávez en Clarín, compartimos dos o tres veces por semana largas tardes de café y ventana a Corrientes para desarrollar, juntos, las aventuras diarias de nuestro personaje, sus páginas quincenales y, desde hace algo menos de tiempo, los avatares que azotan la vida del pobre Señor López, y los silencios espesos del Charlie Moon, además de algunos proyectos que –la verdad- nunca nos faltan.
Sirva esta introducción entonces, para que quede claro que en todo este tiempo hemos hablado bastante de historietas. Sirva también para dejar sentado que nuestras opiniones, en general, coinciden totalmente.
Los dos pensamos que la temática de la historieta está estancada y dando vueltas sobre una infinita noria de héroes rutinarios y argumentos similares.
Creemos, también, que es importante cambiar algunas cosas, y hay que hacerlo desde el trabajo de todos los días.
Sabemos que esto no es un apostolado y que uno trabaja por dinero, y que vive de su trabajoy que no siempre se puede dar todo lo que se quiere. Pero tampoco hay que sumergirse por debajo de la línea de flotación con el pretexto de que “yo necesito comer todos los días”.
Ejemplos hay, aunque no abunden, de dibujantes y guionistas que realizan trabajos meritorios en editoriales famosas por lo rígido e inamovible de sus fórmulas.
Hasta aquí, lo que pensamos los dos de la historieta de hoy en la Argentina. De aquí en más, algunas cosas que Altuna dijo en reportajes por ahí y que me reafirmó en una charla que tuvimos cuando le dije que iba a hacer esta nota para El Tablero.

-Con las fuentes de trabajo existentes, que no son muchas, la situación general no puede ser muy brillante. Las dos editoriales que compran historietas en cantidad, Columba y Record, difieren en la forma pero no en el contenido.
Todo lo que se hace en ellas es apenas stándard, con algunas excepciones, que son como moscas blancas en la producción general.
A veces se dice que la culpa es de los editores y tal vez la proporción de las suyas sea mayor, pero dibujantes y guionistas aportan su granito de arena al ofrecer trabajos mediocres. Si los editores exigieran la mediocridad como norma, uno no vería nada bueno en las páginas de sus revistas. Y no es así. Hay cosas buenas. Incluso cosas muy buenas.
Siempre repito una frase que no es mía: “Para evitar el fracaso, nada mejor que una buena excusa”. Y con excusas, todos participamos de una inercia total que hace que todo sea rutina, que nada cambie, que no se vislumbre siquiera un camino a seguir que valga la pena en las grandes editoriales de historietas.
Todos los dibujantes y los guionistas de historietas tienen gustos cinematográficos o literarios. Y dicen que –por ejemplo- Fellini es bueno y Enrique Carreras es malo. Y no aceptan a Enrique Carreras, le critican su adocenamiento, su aburrida manera de apelar a los clichés para obtener un éxito de taquilla. Ahora, si uno justifica su trabajo “de batalla”, su repetición de recursos siempre iguales en las historietas que hace, también tiene que hjustificar lo que hace Migré por televisión, o lo que hace Palito Ortega con la música, o lo que hace Carreras con el cine. Ellos también tienen pretextos.
martes, 5 de junio de 2012
LA “ALONDRA GRIS” DE TRILLO Y TÚNICA, por Pablo Luzuriaga

“Madama Ivonne” de Cadícamo y Pereyra fue la última canción que Gardel grabó en Buenos Aires el 6 de noviembre de 1933. Según contó Cadícamo años después, la mujer que zarpó de Francia, quien “ya no es más la papusa del Barrio Latino”, se trataba de la dueña de un hospedaje donde supieron quedarse algunos poetas al visitar Montevideo. Lo cierto es que ese tango cuenta una historia conocida: la de la joven francesa engañada por un “tratante de blancas” criollo que la trae para ofertarla en el mercado local donde “las importadas” son las que mejor cotizan entre la oligarquía porteña. Es una figura común de muchos tangos: “La tangochinette”, de Villoldo; la “Gigolette”, de Aróstegui; “Jeanette”, de Espósito; “Francesita”, de Vacarazza y Delfino, son apenas algunos ejemplos.
Carlos Trillo y Pablo Túnica son los autores de La Française (Delcourt, 2011) la historieta que cuenta la historia de Mireille, una francesa como la de todos esos tangos; la “alondra gris” de Cadícamo engañada y maltratada en Buenos Aires. Se trata del último guión escrito por Trillo que, como él supo decir sobre su “inspiración”, probablemente se le ocurrió cuando pensó en el dibujante. Juntos hicieron Jusepe en Amérique (Gallimard, 2009) una historia sobre la primera fundación de Buenos Aires. El primer capítulo de La Française fue publicado este año; Carlos Trillo no llegó a escribir la segunda parte; según cuenta Túnica, la idea general está redactada, pero el guionista se llevó a la tumba la cadencia de sus diálogos.
En esta oportunidad, el creador del Loco Chávez no tuvo mejor idea que buscarse un personaje histórico para contar sobre la prostitución en Buenos Aires: el protagonista de La Française es nada más ni nada menos que el mismísimo Albert Londres. Hablamos del reconocido periodista francés, considerado uno de los pioneros del periodismo de investigación, quien; luego de cubrir destinos que iban desde la Rusia revolucionaria a principios de los veinte, pasando por el lejano Japón, la colonia penitenciaria de la Guayana francesa y el Norte de África; recaló en el puerto de Buenos Aires en 1926 donde escribiría Le Chemin de Buenos Aires: una investigación sobre el tráfico de “blancas” entre el Río de la Plata y París.
El relato marco, Trillo y Túnica lo ubican en el trasatlántico Georges Phillipar (dibujado por Túnica hasta en su más mínimo detalle) durante el último viaje que haría Albert Londres tras embarcar en las costas de Shangai. Por casualidad, el escritor francés se encuentra en el barco con Ángel Polimeni, un típico ejemplar de la oligarquía porteña que anda viajando por el mundo para ubicar, tras la muerte de su padre, vacas y granos en los mercados de oriente. Polimeni, quien leyó Le Chemin de Buenos Aires le pregunta por Mireille, la joven que no aparece en el libro pero que había cautivado a Londres y a tantos otros. Fuman un 43 en la cubierta del Phillipar, Londres saca una libreta negra de un bolsillo interno y le cuenta que “Mireya” es el asunto de un libro próximo. Polimeni le ofrece información a cambio de que Londres le cuente de qué va la historia y así continúan ambos el viaje; a los lectores nos llevan del trasatlántico a Buenos Aires, 1926 ; de ida y de vuelta como el movimiento pendular de un navío en el océano.
La primera viñeta en Buenos Aires nos zambulle en el interior del café Tortoni; allí están sentados Albert junto a Mireille y, en la mesa contigua, escuchando sin ser visto, Pablo Madero, el periodista del diario Crítica capaz de hacer cualquier cosa por esa flaca y rubia francesita. En este primer capítulo de La Française, Trillo y Túnica presentan una variedad de personajes fascinantes de los años 20 porteños: Boyer, el cafishio que paga clases de francés a Berta, una polaca que a veces se le escapa y tiene que mandar a buscar con Muñoz, un matarife de la policía, antepasado de torturador al estilo Grupo de Tarea. También conocemos en este capítulo a Dolores Bardin, la profesora de francés y a su pareja, el anarco Enrico, un típico libertario de la época. Monsieur Curutchet, el encargado del Tortoni que anda tras el rastro de una hermosa pelirroja, ex modelo de Toulouse-Lautrec, a la que un día abandonó y ahora busca desesperado. O el pequeño Gargulo, el fotógrafo de Crítica que lleva a Albert Londres dentro de la redacción del diario, tras la enorme rotativa, como un guía mínimo en el infierno del Dante.

La de Mireille es una historia como la de tantas otras víctimas de la Milieu, la organización de tráfico internacional de mujeres franco argentina, antecedente inmediato de la más conocida Zwi Migdal judío polaca. A diferencia de esta última la Milieu no era una organización vertical, sino simplemente una asociación de interés compartido, sin jefes ni subordinados. Los rufianes traían a las muchachas desde Francia, arreglados con algún marino, escondidas en los barcos, disfrazadas de fogoneros en las calderas apagadas o en los tubos de aireación. Ya en Buenos Aires las ponían a trabajar para el público pudiente que las prefería importadas. De entre ese público sale Ángel Polimeni, quien cree tener mucho para contarle a Albert Londres, lo cierto es que al escritor poco le importan los datos de Polimeni, la verdadera historia de Mireille no es la que ella vendía en la Sociedad Rural, durante las ¨fiestas del fin de semana¨, sino otra, más íntima y secreta; lo único que pareciera importarle a Londres de ¨angelito¨ son los 43 que le saca mientras sigue narrando.
La historia que importa, y Albert Londres siempre sabe cuál es la historia que importa, es la de Mireille y el periodista del diario Crítica, Pablo Madero: un amor imposible entre un escritor profesional que pasa sus horas en bares de mala muerte y la prostituta francesa que los vuelve locos a todos lo porteños. Madero parece un cínico carcomido por su oficio, escribe en Crítica y se presenta como un cretino más, pero mientras avanza el relato va apareciendo otro personaje en él, mucho más complejo y sentimental.
El libro de Albert Londres, Le Chemin de Buenos Aires, fue publicado en Argentina por la editorial Claridad, el tipo de amigos que Londres pudo haber tenido en Buenos Aires son los que rodeaban a esa editorial, algún linotipista, un escritor, algún artista muerto de hambre cuyas opciones iban en esos años del anarcosindicalismo al comunismo. Todos los personajes de La Française parecen salidos del horizonte de imaginación que reúne a los escritores de Boedo y al grupo de grabadores y pintores de los Artistas del Pueblo.
De hecho, estas viñetas de Túnica donde retrata a Madero en la imprenta de Crítica se parecen mucho a algunos personajes de los grabados de Abraham Vigo.
La Française apareció este año, está editada en Francia por Delcourt y, al igual que Jusepe en Amérique sólo se puede leer en francés. Ojalá algún editor de las ¨pampas de Polimeni¨ quiera volver a traer a Mireille a nuestras tierras, pedirle que se llame Mireya y seduzca a hispanohablantes con su historia.
Publicado en 2011 en el blog Escritores del Mundo.
lunes, 4 de junio de 2012
2 CASTIGOS PARA EL COBARDE, por Trillo y Giménez
domingo, 3 de junio de 2012
2 CASTIGOS PARA EL COBARDE, por Trillo y Giménez
Hoy tenemos para compartir la primera parte de 2 Castigos para el Cobarde, un unitario realizado por Carlos Trillo y Juan Giménez en 1975. La historieta tiene dos particularidades: fue el primer guión que Trillo colocó en Ediciones Record (donde trabajaría ininterrumpidamente hasta 1982) y el único que firmó con seudónimo en los ´70. La historieta apareció firmada por Lester Millard sólo en su primera publicación. Cuando se reeditó en España, en el álbum El Extraño Juicio a Roy Ely y Otros Comics de Ciencia Ficción (Toutain, 1984) apareció firmada por Trillo.
Mañana, el final de la historia.
Mañana, el final de la historia.
sábado, 2 de junio de 2012
LUCAS VARELA ESTÁ LOCO, por Carlos Trillo
Le decimos loco al tipo que no piensa como nosotros.
Y Varela no piensa como yo. Ni como casi nadie, me parece.
Es un raro, un caso en una de esas único, un autor inclasificable, historietista, diseñador gráfico e ilustrador dueño de un mundo personal hasta lo imposible.
Porque, la verdad, a casi todos los que están en el mundo del cómic les puedo seguir el hilo del proceso creativo y soy capaz de entender de qué manera piensan, de dónde vienen sus ocurrencias y cómo organizan la materia de sus sueños. Nómbrenme uno, el que quieran, y aunque yo no elabore las historias con los mismos ingredientes que él usa, seguramente podré encontrar el piolín del que sabe tirar para que aparezcan sus mundos, sus manías, sus recurrencias, sus descules.
Pero si el que me nombran es Varela, no, no sé. Y miren que en los últimos años se han destapado autores realmente originales cuyos resultados muchas veces nos sorprenden. Pero ninguno nació por generación espontánea, antes de su aparición había dos o tres cabezas que mezcladas de determinada manera daban, indefectiblemente, el sorprendente resultado de su originalidad.
Es como si existiera una suerte de receta de cocina: se pone un tercio de Pratt, una pizca de Goscinny, algo de Bruce Timm con gotas de Quentin Blake y listo, ahí tiene a un nuevo creador de este pequeño mundo nuestro.
Sin embargo Varela trabaja sin piolín a la vista. No hay de donde tirar para llegar a la fuente que regó la plantita de su creatividad.
Sí, es verdad, ahí están Philip K. Dick y Steven Millhauser, existen A.M Homes, Sergio Bizio y El Periférico de los Objetos. Y hubo una vez un Copi , un Blake y Mortimer y un uruguayo Conde de Lautréamont. Encima, se está produciendo a toda velocidad la saga de La Mazmorra a la que le revolotean alrededor como moscones acróbatas las breves historias de Kaput y Zösky o los minimalismos de El Gato del Rabino.
Claro, es demasiada mezcla. No puede salir algo bueno de semejante combinación de ingredientes.
Pero ahí lo tenemos a Varela.
Que incluso cuando oficia solo de dibujante, ciñéndose a historias ajenas – lo digo con conocimiento de causa - su participación modifica, transforma, enriquece y hasta pervierte lo que se estaba proponiendo en el guión.
Acá tenemos una antología de Varela, molestándonos con sus excesos de talento y de originalidad que, encima, disfraza de modestos intentos inconclusos de aproximarse a los autores que ama.
Varela crea hábito. Hace mal, sobre todo a otros autores que, cuando leemos una de sus obras integrales tenemos ganas de gritar: ¿Por què estas cosas no se me ocurren a mí?
El muñeco Paolo Pinoccio no podría haber salido de otro lado que de la cabeza de Varela. Ese final de episodio en el que Paolo, escapado del limbo católico, es exhibido por una enfermera junto a un bebé normal como si los dos fueran mellicitos recién nacidos y él se calienta con las tetas de su madre es, francamente, para figurar en una antología de grandiosas epifanías literarias. (Esto me hace acordar algo que leí en los Diarios de Cheever que, cuando terminó su maravilloso cuento El marido rural salió de su escritorio con un manojo de hojas en las manos gritando: - ¡Miren lo que encontré!)
Cada vez que leo alguna de las historias que escribe y dibuja Lucas quiero más. Más Paolo Pinoccio, más Pietro Piombo, más Dimitri el leproso bolchevique, más Donald King el rey de la hamburguesa, más El Enano Hipocondríaco.
Siga así de loco, Varela, por favor, que sus seguidores estaremos acá, firmes, esperando verlo otra vez, lo antes posible, en el quiosco de la esquina.
(prólogo a la edición argentina de Estupefacto, Domus, 2007, luego parcialmente reciclado para la edición española de Paolo Pinocchio)
Y Varela no piensa como yo. Ni como casi nadie, me parece.
Es un raro, un caso en una de esas único, un autor inclasificable, historietista, diseñador gráfico e ilustrador dueño de un mundo personal hasta lo imposible.
Porque, la verdad, a casi todos los que están en el mundo del cómic les puedo seguir el hilo del proceso creativo y soy capaz de entender de qué manera piensan, de dónde vienen sus ocurrencias y cómo organizan la materia de sus sueños. Nómbrenme uno, el que quieran, y aunque yo no elabore las historias con los mismos ingredientes que él usa, seguramente podré encontrar el piolín del que sabe tirar para que aparezcan sus mundos, sus manías, sus recurrencias, sus descules.
Pero si el que me nombran es Varela, no, no sé. Y miren que en los últimos años se han destapado autores realmente originales cuyos resultados muchas veces nos sorprenden. Pero ninguno nació por generación espontánea, antes de su aparición había dos o tres cabezas que mezcladas de determinada manera daban, indefectiblemente, el sorprendente resultado de su originalidad.
Es como si existiera una suerte de receta de cocina: se pone un tercio de Pratt, una pizca de Goscinny, algo de Bruce Timm con gotas de Quentin Blake y listo, ahí tiene a un nuevo creador de este pequeño mundo nuestro.
Sin embargo Varela trabaja sin piolín a la vista. No hay de donde tirar para llegar a la fuente que regó la plantita de su creatividad.
Sí, es verdad, ahí están Philip K. Dick y Steven Millhauser, existen A.M Homes, Sergio Bizio y El Periférico de los Objetos. Y hubo una vez un Copi , un Blake y Mortimer y un uruguayo Conde de Lautréamont. Encima, se está produciendo a toda velocidad la saga de La Mazmorra a la que le revolotean alrededor como moscones acróbatas las breves historias de Kaput y Zösky o los minimalismos de El Gato del Rabino.
Claro, es demasiada mezcla. No puede salir algo bueno de semejante combinación de ingredientes.
Pero ahí lo tenemos a Varela.
Que incluso cuando oficia solo de dibujante, ciñéndose a historias ajenas – lo digo con conocimiento de causa - su participación modifica, transforma, enriquece y hasta pervierte lo que se estaba proponiendo en el guión.
Acá tenemos una antología de Varela, molestándonos con sus excesos de talento y de originalidad que, encima, disfraza de modestos intentos inconclusos de aproximarse a los autores que ama.
Varela crea hábito. Hace mal, sobre todo a otros autores que, cuando leemos una de sus obras integrales tenemos ganas de gritar: ¿Por què estas cosas no se me ocurren a mí?
El muñeco Paolo Pinoccio no podría haber salido de otro lado que de la cabeza de Varela. Ese final de episodio en el que Paolo, escapado del limbo católico, es exhibido por una enfermera junto a un bebé normal como si los dos fueran mellicitos recién nacidos y él se calienta con las tetas de su madre es, francamente, para figurar en una antología de grandiosas epifanías literarias. (Esto me hace acordar algo que leí en los Diarios de Cheever que, cuando terminó su maravilloso cuento El marido rural salió de su escritorio con un manojo de hojas en las manos gritando: - ¡Miren lo que encontré!)
Cada vez que leo alguna de las historias que escribe y dibuja Lucas quiero más. Más Paolo Pinoccio, más Pietro Piombo, más Dimitri el leproso bolchevique, más Donald King el rey de la hamburguesa, más El Enano Hipocondríaco.
Siga así de loco, Varela, por favor, que sus seguidores estaremos acá, firmes, esperando verlo otra vez, lo antes posible, en el quiosco de la esquina.
(prólogo a la edición argentina de Estupefacto, Domus, 2007, luego parcialmente reciclado para la edición española de Paolo Pinocchio)
viernes, 1 de junio de 2012
TRAGAPERRAS: EL ROSTRO DE LA FRUSTRACIÓN FUTURA, por Herme Cerezo
En ‘Tragaperras’, Horacio Altuna y Carlos Trillo nos adentran en un territorio especial, mitad presente, mitad futuro. Probablemente, cuando pergeñaron las historietas que integran el álbum, publicadas en la revista ‘1984’ (Toutain Editor) a principios de los ochenta, todo era futuro porque la informática, al menos por estos pagos, no estaba tan desarrollada como en otras latitudes y apenas si balbuceaba inmensos listados de papel pijama, vomitados por impresoras de generaciones cuaternarias y casi mastodónticas. ‘1984’, además de una revista, fue el año en que murieron Cortázar, Truffaut y Peckimpah, al tiempo que nacían Andrés Iniesta y Scarlett Johansson. Fue también el año en que Giraud publicaba ‘El final del camino’ de la serie del Teniente Blueberry y Muñoz y Sampayo continuaban con las amargas correrías policiales de Alack Sinner con ‘Encuentros y reencuentros’.
‘Tragaperras’ abarca una serie de breves relatos de ciencia-ficción, unidos por un nexo común: todos los personajes utilizan una máquina tragaperras, en realidad un artefacto metálico con pantalla, que les muestra un mundo idealizado, cincuenta por ciento deseo, cincuenta por ciento frustración, relacionado de algún modo con sus problemas cotidianos. Las maquinitas, que se encuentran por todas partes y en los lugares más insospechados (una calle desierta, un centro comercial concurrido) teóricamente permiten que, a cambio de unas monedas, el usuario logre mejorar y optimizar su estado anímico, cosa que no siempre ocurre. Y es que la palabra frustración es, precisamente, la que mejor define este álbum ya que todos los que recurren a ella – a la máquina, digo - lo hacen porque algo en sus vidas no funciona como desean. Ahí precisamente radica el éxito de estos artilugios que ofician como cerebros ilustrados, como conductores de pasiones y como proyectores de utopías virtuales.
Otro vocablo espléndidamente retratado en ‘Tragaperras’ es el de la soledad. Los protagonistas de las historietas, además de frustrados, viven solos, caminan solos, duermen solos, incluso gobiernan solos, en un claro guiño a tantos dictadores sudamericanos, tan fenomenalmente descritos por García Márquez y otros narradores del Cono Sur en sus novelas. Es la soledad la que aumenta su frustración y les fuerza a buscar las tragaperras.
Gráficamente, el propio Horacio Altuna reconoce que en los años que dibujó ‘Tragaperras’, sus viñetas estaban influenciadas por el Moebius futurista. Sin embargo el gesto casi paranoico e insatisfecho que reflejan sus personajes les otorga un sello propio, tan propio que ellos mismos no entienden muy bien por qué no marchan sus asuntos como esperaban. El ejemplo que se repite en varias de las historietas es el del sexo. Hombres y mujeres dan rienda suelta a su insatisfacción, más acusada en el sexo masculino que en el femenino, que se manifiesta de múltiples maneras: incapacidad de conseguir pareja, imposibilidad de canalizar el apetito sexual o decepción por la oportunidad perdida. Esta sensación se acentúa porque el ilustrador argentino, con fino trazo y gusto, esboza mayoritariamente unas mujeres atractivas, de bellos rasgos y sensual anatomía, que contrasta especialmente con el desaliño de sus antagonistas masculinos, frecuentemente mal peinados, obesos y sin afeitar.
El toque futurista que todavía conserva el álbum viene dado por las calles que desfilan por sus viñetas, escenarios de esos dramas individuales. Los coches voladores, pequeñas aeronaves que circulan entre los edificios, por el aire, al estilo Blade Runner, son la avanzadilla de un tiempo que, quizá, no esté demasiado lejos. Si la crisis actual, el precio de los combustibles y las bicicletas lo permiten algún día.
En resumen, ‘Tragaperras’ es una vuelta de tuerca más, otro aspecto del rico universo de Altuna y Trillo, alejado en este caso de sus influencias norteamericanas, que ya quedaron patentes en sus álbumes ‘Charlie Moon’ o ‘Merdichesky’. Altuna y Trillo, Trillo y Altuna, una pareja de artistas complementarios, de una riqueza increíble y de una imaginación y curiosidad inagotables.
Publicado originalmente en el sitio del Diario Siglo XXI, el 19 de Noviembre de 2010
‘Tragaperras’ abarca una serie de breves relatos de ciencia-ficción, unidos por un nexo común: todos los personajes utilizan una máquina tragaperras, en realidad un artefacto metálico con pantalla, que les muestra un mundo idealizado, cincuenta por ciento deseo, cincuenta por ciento frustración, relacionado de algún modo con sus problemas cotidianos. Las maquinitas, que se encuentran por todas partes y en los lugares más insospechados (una calle desierta, un centro comercial concurrido) teóricamente permiten que, a cambio de unas monedas, el usuario logre mejorar y optimizar su estado anímico, cosa que no siempre ocurre. Y es que la palabra frustración es, precisamente, la que mejor define este álbum ya que todos los que recurren a ella – a la máquina, digo - lo hacen porque algo en sus vidas no funciona como desean. Ahí precisamente radica el éxito de estos artilugios que ofician como cerebros ilustrados, como conductores de pasiones y como proyectores de utopías virtuales.
Otro vocablo espléndidamente retratado en ‘Tragaperras’ es el de la soledad. Los protagonistas de las historietas, además de frustrados, viven solos, caminan solos, duermen solos, incluso gobiernan solos, en un claro guiño a tantos dictadores sudamericanos, tan fenomenalmente descritos por García Márquez y otros narradores del Cono Sur en sus novelas. Es la soledad la que aumenta su frustración y les fuerza a buscar las tragaperras.
Gráficamente, el propio Horacio Altuna reconoce que en los años que dibujó ‘Tragaperras’, sus viñetas estaban influenciadas por el Moebius futurista. Sin embargo el gesto casi paranoico e insatisfecho que reflejan sus personajes les otorga un sello propio, tan propio que ellos mismos no entienden muy bien por qué no marchan sus asuntos como esperaban. El ejemplo que se repite en varias de las historietas es el del sexo. Hombres y mujeres dan rienda suelta a su insatisfacción, más acusada en el sexo masculino que en el femenino, que se manifiesta de múltiples maneras: incapacidad de conseguir pareja, imposibilidad de canalizar el apetito sexual o decepción por la oportunidad perdida. Esta sensación se acentúa porque el ilustrador argentino, con fino trazo y gusto, esboza mayoritariamente unas mujeres atractivas, de bellos rasgos y sensual anatomía, que contrasta especialmente con el desaliño de sus antagonistas masculinos, frecuentemente mal peinados, obesos y sin afeitar.
El toque futurista que todavía conserva el álbum viene dado por las calles que desfilan por sus viñetas, escenarios de esos dramas individuales. Los coches voladores, pequeñas aeronaves que circulan entre los edificios, por el aire, al estilo Blade Runner, son la avanzadilla de un tiempo que, quizá, no esté demasiado lejos. Si la crisis actual, el precio de los combustibles y las bicicletas lo permiten algún día.
En resumen, ‘Tragaperras’ es una vuelta de tuerca más, otro aspecto del rico universo de Altuna y Trillo, alejado en este caso de sus influencias norteamericanas, que ya quedaron patentes en sus álbumes ‘Charlie Moon’ o ‘Merdichesky’. Altuna y Trillo, Trillo y Altuna, una pareja de artistas complementarios, de una riqueza increíble y de una imaginación y curiosidad inagotables.
Publicado originalmente en el sitio del Diario Siglo XXI, el 19 de Noviembre de 2010
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